DESYERBANDO: La Receta Perfecta


La Receta Perfecta

Herví los tomates en poca agua y a fuego lento hasta que se les rasgó la piel. Les añadí una pizca de orégano y otra de romero, los bauticé con vino rojo y los licué junto con los pimientos rojos frescos que había asado y pelado de antemano, hasta que quedaron rosados y cremosos, añadiéndole aceite de oliva poco a poco.

Piqué cebolla, pimientos verdes, aceitunas, alcaparras, apio; machaqué el ajo con sal, cilantro y orégano, y le espolvoreé pimienta negra a ojo mientras lo sofreía todo en un cuadrito de mantequilla derretido con otro chorrito de aceite de oliva. Rayé las zanahorias con el mondador de papas y corté los champiñones en cuatro o seis partes.

Desbaraté las salchichas italianas en un sartén en el que también doré carne molida de ternera y de res, y luego vertí la salsa, el sofrito y las carnes, todo, en una olla grande a la que le añadí más vino, más especias, albahaca fresca, algo de azúcar, y un poco de leche entera justo cuando dio el primer hervor. Luego le bajé el fuego y la dejé burbujear por unas cuantas horas.

Parecíamos dos hormigas, mi hermana cocinando en un lado de la cocina y yo en el otro, cada una preparando su versión de salsa para espaguetis, tropezándonos al pie de la estufa, probando, tanteando, degustando sabores para asegurarnos de que alcanzara el gusto esperado, el punto perfecto –subjetivo y relativo, siendo el paladar algo tan individual y personal.

Cocinamos lo mismo con el propósito de determinar a quien le quedaba mejor la salsa de espaguetis –resultado de esa competitividad fraternal que acaba convirtiéndose en broma seria.

Al cabo de varias horas de cocción, listas para el juicio final, le dimos a probar nuestras salsas a la única persona que no había encontrado excusa para ausentarse de la casa en tan crítico momento.

Plantándose frente a la estufa, cuchara de madera en mano, con la parsimonia de un juez experimentado en estos menesteres, mi esposo acercó el olfato a cada una de las ollas, inhalando el aroma con ojos cerrados, dejando escapar su aprobación con un movimiento de cabeza casi imperceptible, antes de introducir la cuchara y llevarse un desbordante bocado a la boca, primero de una y luego de la otra.

Creo que no hay marido (ni juez) en el planeta que haya querido canjear su lugar con él en esos momentos. Más allá del sabor de las salsas y/o nuestras habilidades culinarias, mi marido estaba conciente de que lo que estaba en juicio era su propio juicio. A favor de quien fallaría, ¿su esposa o su cuñada?

Tras catar varias cucharadas de ambas salsas, por fin se dispuso a pronunciar su veredicto: las dos están deliciosas, lo que las haría excepcionalmente suculentas es que las combinen, dijo, cerrando el caso con un cucharazo sobre la mesa, dejándonos sin defensa y liberando a todos los que disfrutamos de la cena de esa noche, del peso de tener que escoger bandos.

En esta época de celebración, en la que a veces nos encontramos presos de situaciones que ponen en tela de juicio nuestra ecuanimidad, te invito a que apliques la misma técnica.

Piensa en cuan enriquecedor para ti y para futuras generaciones ha de ser el que en lugar de tomar bandos, pruebes las opiniones de otros, tantees sus creencias y degustes sus costumbres sin emitir juicio.

La receta perfecta incluye un poco de todo –por eso la Fuerza Divina que creó el Universo nos bendijo con la diversidad.

¡Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo!

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