DESYERBANDO: El Nombre del Angel


El malecón, esa serpentina de comercios que demarca la primera impresión del que llega en barco a la Isla de Cozumel, es disímil al amanecer, tranquilo, sosegado; el pavimento limpio, las aceras despejadas. Las bocazas frías de las tiendas de artesanía, joyería y chucherías, otrora listas para tragarse al transeúnte, dormitan a puerta cerrada, arrulladas por el Mar Caribe y el revoloteo de las golondrinas al encuentro del alba.

Caminando hacia el muelle fiscal, un letrero en una de las joyerías capta mi atención: “Su Nombre en Maya”. Se trata de un dije personalizado según el alfabeto maya en el metal de su preferencia, plata u oro. Me encantaría saber como se escribe mi nombre en maya. Me pregunto si al querer pronunciarlo en ese idioma la erre queda derrochada en la lengua como cuando lo pronuncian en inglés.

Para mí, el nombre propio es algo especial, un sonido que nos identifica desde la infancia; una combinación de letras que nos ata, a veces a nuestros antecesores y otras, a las expectativas que nuestros padres tienen de nosotros desde antes de nacer. Mi nombre, por ejemplo, es el nombre de mi madre, un ser a quien es tan fácil querer emular como tan difícil lograrlo.

En Puerto Rico escribimos mi nombre con ‘y’, pero aquí en México tienden a deletrearlo con “i”. Cuando veo mi nombre con “i” pienso en una persona ajena a mí, tan ajena como lo ha de ser para algunas personas la idea de tener un ángel guardián, o comunicarse con él llamándolo por su nombre.

Hace unos días hice una meditación para conocer el nombre de mi ángel guardián. Cabe mencionar que su nombre no es para mí un misterio, ya que se me había revelado años atrás. Pero confieso que siempre he tenido la duda de si ése que yo percibí, es su nombre en realidad, porque según yo, el nombre de mi ángel guardián no suena muy angelical. ¿Cómo se sentirá cuando lo llamo por el nombre equivocado?

Ponderando sobre el tema, le comento todo esto a un amigo, quien con refrescante sabiduría me contesta:

What’s in a name? Una pluma de escribir pudo haberse llamarse “lupil”, “pesler”, “wintester”, “alcurtian”, “mestittefer”. Es solo la forma de llamar a algo que sabemos que sirve para escribir.

Tu ángel se llama como tú quieras. Y tu ángel te responde por el nombre que le pusiste. Es lo que sirve para ti – no lo que se supone que sea.

En esta vida todos escogimos llamarte Myrna. Pero a veces te llamo “Mi amor” y también respondes. ¿Ves? No importa como te llame. Tú sabes que me refiero a ti.

¡Ajá! –por fin comprendo. No es el nombre del ángel lo que es importante, sino los dos verbos que le dan vida a su existencia: creer y confiar.

Creer, sin dejar lugar a dudas, que la intención de la fuerza creadora no fue dejarnos solos y sin compás en el viaje de la vida; que desde antes de nacer contamos con uno o más seres que nos acompañan a lo largo de este viaje y que a veces asumen formas diferentes para guiarnos, aconsejarnos y protegernos.

Y confiar que cuando lo llamamos, por el nombre que le demos, acude a nuestro encuentro, no porque lo necesitemos, sino porque siempre ha estado a nuestro lado.

Cultiva tu relación con tu ángel guardián. Cierra los ojos y aventúrate a sentir su presencia. Llámalo por el nombre que quieras…y déjate sorprender por su respuesta.

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