DESYERBANDO: Puntadas y Portentos


Cuando uno desciende de una línea de portentos en el arte de las manualidades, cualquier proyecto, por simple o diminuto que parezca, toma dimensiones monumentales.
Un sábado me dediqué a coser cortinas nuevas para las ventanas de mi estudio. Conciente de la excelencia que ha distinguido a muchas de las féminas de mi familia en esta empresa y quizás un poco vulnerable a su crítica, no me permití chapucerías.
Antes de dar la primera puntada, leí con detenimiento las instrucciones de la máquina de coser, hice pruebas de costura para determinar la tensión del hilo y el largo de la puntada, y prendí todo con alfileres. Lo único que me faltó fue hilvanar, porque no lo consideré necesario.
Pasé una tarde entregada a la tarea de crear algo que, si algún día ellas vieran, fuera digno de su aprobación y honra.
No fue sino hasta horas después de haber completado mi proyecto, mientras disfrutaba el resultado de mi labor, que me percaté que no había estado sola en mi estudio esa tarde. Al son de la marcha –taca-taca-taca- de la aguja sobre la tela, habían llegado una por una, esas mujeres extraordinarias que han contribuido a darle forma a mi vida: dos de mis tías, mi madre y mi abuela.
Usé peyón en el dobladillo, como lo haría mami. Planché el dobladillo antes de coserlo, como me recomendaría títi Maty. Puse una tela sobre el chifón al plancharlo para evitar que corriera la suerte de malvaviscos en hoguera –esto a instancias de abuela Toña. Y la idea de dejar las cortinas largas, soñadoras y flotantes fue inspiración de mi tía Nilsa.
Uno a veces no toma en cuenta como nuestra forma de ser y actuar influye a las personas que nos rodean. Observando a estas cuatro gemas que hoy adornan mi corona de diva, no solo aprendí a coser, sino también a ser justa y generosa, original y traviesa, emprendedora y apasionada, intensa y descabellada, excéntrica y comedida, fiel y montaraz, media loca en el amor y mañosa en el perdón. Características hilvanadas en los retazos de mi existencia con el hilo de la aspiración a la excelencia. Porque cuando uno desciende de una línea de mujeres virtuosas, no le queda más remedio que transformarse en una de ellas. (¡O por lo menos tener la satisfacción de haberlo intentado!)
Desyerba las tendencias negativas del jardín de tu vida. Cultiva excelencia. Esfuérzate por dar el máximo por diminuta que sea la tarea. La satisfacción de haberlo intentado será tu mayor recompensa. Además, nunca sabes quien te está observando.

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