DESYERBANDO: El Sonido del Silencio


Mami dice que yo fui uno de esos bebés que eran capaces de dormir en medio de un bombardeo aéreo; que por cuidar mi sueño no se tuvo que privar de asistir a, o hacer fiestas. Pero la primera vez que dormí con mi marido puse en duda su memoria. Después de todo, mami tuvo un total de cuatro bebés y ha pasado mucho tiempo. Quizás está confundiendo mi habilidad de dormir bajo circunstancias extremas con la de alguno de mis hermanos.

Esa primera noche que pasamos juntos Larry y yo podría ser catalogada como la noche mas larga de mi vida. En la oscuridad inquebrantable de aquella habitación envuelta en el ensueño del amor, con dos almohadas en la cabeza y los ojos congelados en asombro, me preguntaba angustiada una y otra vez como sería posible que aquel hombre de piel salada, espuma en el cabello y ojos acuarela, en cuyos brazos mi alma gitana encontró al fin su morada, pudiera emitir ronquidos capaces de estremecer las placas tectónicas del planeta o por lo menos aflojar las tuercas de la Estación Espacial Internacional. No exagero –aunque sé que tengo fama de inclinarme hacia el drama.

Diez y seis años más tarde son esos ronquidos descomunales los que me ayudan a conciliar el sueño, cuan ronroneo de gato consentido y satisfecho, dándole crédito a los recuerdos de mi madre. Con el tiempo no solo aprendí a encontrar la dulzura de una canción de cuna en sus ronquidos, también aprendí a concentrarme en mi lectura y hasta en mi escritura, mientras él disfruta de alguna película de esas en la que los disparos y las explosiones son tantas y tan comunes como las pecas en mi familia.

Las practicas de yoga y meditación han sido instrumentos esenciales en aumentar mi capacidad para encontrar un refugio de silencio en mi ser cuando todo a mi alrededor es una algarabía. Pero en estos días el refugio parece estar cerrado y me ha dejado a la merced de un ataque de ruidos a lo Rambo.

Entre los ensayos de la banda reggae de mi vecino, en vivo y a todo volumen; los vendedores ambulantes y el retintín que precede la llegada del camión de la compañía de gas, que hasta el momento he encontrado tan folclóricos; el circo que está de visita en la Isla y que se desplaza por lo menos seis veces al día, arrastrando una o dos jaulas gigantescas con leones, leopardos y monos, anunciando a los habitantes del vecindario y a los de la luna que solo cuesta ¡treinta pesos, TREINTA PESOS! ver uno de sus espectáculos; la verbena de la Iglesia católica a dos cuadras de nuestra casa y las actividades en la sala de fiestas al aire libre que nos queda a unos metros, quedé magullada y a la deriva.

Creyente firme de que uno participa en la creación de su realidad y que cada experiencia encierra una enseñanza, tras varios días debatiéndome con el ruido, por fin entendí que la única forma de lidiar con el alboroto de mis días es aceptándolo.

La verdad es que el silencio absoluto no existe. Un artículo que leí hace poco decía que si nos encerráramos en una cámara hermética quedaríamos sorprendidos por la cantidad de sonidos que emite nuestro cuerpo como parte de su funcionamiento diario.

Puede que el silencio absoluto no exista, pero cómo manejas el ruido y las distracciones externas queda de tu parte.

Aceptando nuestro papel como co-creadores del momento que vivimos, podemos responder en vez de reaccionar. Es ahí donde estriba la diferencia entre tomar responsabilidad y echar la culpa; lo que determina si nos quedamos estancados sintiéndonos víctimas de las circunstancias o avanzamos victoriosos hacia donde deseamos llegar.

Cultiva el sonido del silencio. Cuando aceptas la situación en que te encuentras, las circunstancias que vives, quien eres y donde estás, puedes continuar fluyendo con cada nota, cada acorde y la cacofonía de sentimientos que estos a veces provocan. Y quien sabe si ese ruido que hoy te agobia, mañana te pueda arrullar.

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