DESYERBANDO: La Respuesta al Miedo


Fue el cantazo lo que nos sacó del letargo. La calle cobró vida. Cuando salí al balcón ya estaban allí la mayoría de los vecinos, aun aquellos que uno sabe que existen pero nunca ve. La muchacha estaba tirada en el pavimento, tenia el casco aun puesto. Uno de los vecinos había movido la moto hacia la acera.

Sus ojos asustados y llorosos se detuvieron sobre los míos cuando llegué a donde ella. “No puedo mover la pierna,” musitaba. Noté que solo las mujeres nos habíamos acercado a ella. Una le había agarrado una mano y yo no controlé el impulso de poner la mía sobre su hombro mientras otra la sobaba y le decía, “hay que moverla, estamos en medio de la carretera.” Los hombres observaban desde el perímetro, listos para ayudar de ser necesario; uno de ellos llamó a la ambulancia, otro a la policía. A instancias de la muchacha, se les avisó a sus padres.

El pavimento brillaba en la noche sin luna, reflejando las luces nocturnas en su piel mojada. Una llovizna impasible, de esas que al parecer no mojan, marcaba la marcha del reloj sin mover las manecillas.

Sus padres no tardaron en llegar. La madre se acercó, corazón en mano, depositando toda su ternura sobre el rostro lagrimoso de su hija. El padre, agitado, miraba de un lado al otro, espiando con recelo, en busca de la contestación que ninguno podía darle –quien la había atropellado se había dado a la fuga.

Los paramédicos la estaban transfiriendo a una camilla cuando las luces del carro de otro vecino captaron nuestra atención. “Ese es,” dijo ella. El joven que lo manejaba se bajó del coche para acercarse a nosotros, expresión consternada, paso sigiloso. Alguien comentó que no podía creer que hubiera sido él, “un muchacho tan responsable”.

El padre de la muchacha se acercó al joven, quien bajando la mirada le dijo con voz estrangulada, “yo me hago responsable”… ¡Zás! No había acabado de pronunciar la última sílaba cuando el padre de la muchacha le dio una bofetada que le rompió la nariz, plasmando su bravata con sangre sobre la camisa inmaculada que llevaba puesta. El joven apretó la mandíbula frenando el cúmulo de sentimientos que se le amontonó en los ojos.

Volviendo a encontrar su voz, repitió que él se haría responsable. Pero el padre de la muchacha no lo escuchó; solo tenia oídos para sus propios gritos y reclamos: “¿Quién atropella a una persona y la deja tirada como si fuera un animal?” Tampoco escuchó cuando el joven trató de explicar que quien iba manejando al momento del accidente no había sido él, sino su hermano menor.

A la legítima pregunta del padre y de muchos de los que estábamos presentes esa noche, ¿quién se da a la fuga después de atropellar a una persona? se suma otra, ¿quien responde con agresión a un accidente? La respuesta para ambas es la misma: personas aprehendidas por el miedo.

El chico que iba manejando se dio a la fuga por miedo a las consecuencias y el padre de la muchacha a quien él atropellara reaccionó con violencia a la posibilidad real que el miedo le presenta a tantos padres cada día –la de perder a un hijo.

Cuando nos entregamos al miedo entregamos nuestro control a una fuerza que nos puede derrocar. Quien tiene miedo a lo desconocido, tiende a quedarse estancado en donde está, aunque se sienta infeliz; quien tiene miedo al fracaso, no toma riesgos, ni sigue sus aspiraciones; quien tiene miedo a la crítica, no desarrolla sus talentos, ni manifiesta su creatividad; quien tiene miedo a perder tampoco gana; el miedo a las consecuencias, nos hace rehuir de nuestras responsabilidades; el miedo a morir, nos limita el vivir; quien se entrega al miedo, ha abandonado la fe.

Al final de la noche, entendiendo que no fue el joven quien atropelló y abandonó a su hija, el padre de la muchacha se disculpó por su exabrupto y el chico que la atropelló, así como los que estábamos presentes fuimos participes de una gran lección. La respuesta al miedo no es violencia, es fe.

Cultiva tu Fe –has un esfuerzo por ver mas allá de lo que es obvio. En toda situación existe la perfección y en todo Ser existe algo bueno.

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