Ese Gusto Por La Vida. Degustando el momento bocado a bocado


En mi primer viaje a la República Mexicana, hace poco más de veinte años atrás, quedé impresionadísima con el despliegue culinario del desayuno buffet en el hotel donde me estaba hospedando. Hasta entonces, la única comida mexicana que conocía eran los tacos. Pero en aquel buffet, que parecía un paisaje campestre, descubrí y saboreé manjares como la Cochinita Pibil, Chilaquiles, Tamales al estilo de Oaxaca y Tamales yucatecos, Mole rojo y Mole verde, Frijoles refritos, Sopes, Empanadas, Huitlacoches y Tortillas de maíz blanco, amarillo y morado con salsas picantes que variaban en color e intensidad. No me da vergüenza admitir que probé de todo hasta saciarme y que mas adelante acepté invitaciones de mis colegas a degustar aun más platillos regionales en otras ciudades de la República. En el Mercado de Oaxaca comí Tasajo, tragué sin mucho masticar los Chapulines (saltamontes curados en limón y chile) y perfumé mi paladar con Helado de Rosas. En el Puerto de Veracruz, donde probé Esquites (elote con crema, queso rayado y chile de árbol), quedé desencantada con el Vuelve a la Vida, un cóctel de mariscos en una salsa hecha a base de ketchup; en Mitla me embriagué con Mezcal y en Puebla sentí el efecto de las sabrosas Cemitas unas pocas horas después de haberme chupado los dedos del gusto. La vida es como un buffet mexicano. Hay sabores dulces y amargos, bocados que queman el paladar y otros que lo acarician, aromas inolvidables y otros que no quisieras recordar, platillos que elevan el espíritu y otros que lo doblegan, pero todos son dignos de probarse sin prejuicios ni expectativas. Así como he degustado los platillos de cada región que he visitado en la República Mexicana, he degustado cada experiencia que me ofrece la vida. Y así como he alimentado mi espíritu con la quietud de la luna, la sabiduría del crepúsculo, los escalofríos de un lago y la paz del amanecer, también lo he intoxicado con pasiones errantes, decisiones incongruentes y excesos descabellados. En la vida, como en la mesa, cuando enfocamos nuestra atención en disfrutar el momento, nuestro espíritu resplandece, nuestro cuerpo se rejuvenece y nuestro corazón titila. Simplemente irradias luz. Y cuando irradias luz atraes mas luz hacia ti, tu entorno toma otra perspectiva y la conexión que compartes con el resto del Universo se fortalece. Más que una necesidad, comer es un placer. La vida no tiene porque ser menos placentera. Bon Appétit

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